martes, 24 de marzo de 2020

DIARIO DE UN CONFINADO (8)

Día 8. 21/03/20. Sábado.
 
Ha pasado una semana, y cómo hemos cambiado!. Si hace diez días nos hubieran dicho cómo estaría hoy la situación, habríamos pensando que se trataba de una ficción.
En pocos días, los médicos se han convertido en nuestros héroes y los integrantes de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, en guardianes de nuestra seguridad. Todos los cuerpos que la componen. Y permíteme que subraye el “todos” y recuerde el gesto de la Ertzaintza con la Guardia Civil ayer en Vitoria, aunque soy consciente de que encierra la tristeza de la consideración de excepcional que tiene. Distinto es lo del concejal de la CUP que invita a los catalanes a toser a los militares para que se marchen de Cataluña, a este le deseo que ni a él ni a su familia llegue el COVID-19, bastante tiene ya con la infección de odio que lleva dentro.
Nosotros, la plebe, seguimos confinados en casa. Aún no se ha tirado nadie por el  balcón. De día en día, nos hemos acostumbrado a las fatídicas cifras de infectados y muertos y las soportamos sabiendo que las de mañana serán aún peor. Las fotografías con las hileras de ataúdes de Italia, nos van indicando el camino –triste, muy triste, pero lo aceptamos resignados-. Los mayores esperando ¿¿¡qué!??. Los niños, lo van llevando. Es muy diferente según la edad. Mi nieta, por videoconferencia me dijo ayer: “abuelo, te voy a decir porque no puedo ir a verte: es que hay unos bichitos muy pequeños por las calles que si salimos nos pican, y la policía está buscándolos para castigarlos, así que hasta que no los encuentren a todos…”-; en fin, cada uno como puede, vamos trajinando la cosa.
Y en medio de la batalla, siempre aparece una luz que ayuda a orientarnos. Hace un par de días me llegó un breve texto de Kitty O´Meara. Léelo:
“Y la gente se quedó en casa. Y leyó libros, y escuchó, y descansó, e hizo ejercicio, y arte, y jugó, y aprendió nuevas formas de ser, y se estuvo quieta. Y escuchó más profundamente. Algunos meditaban, algunos rezaban, algunos bailaban. Algunos se encontraron con sus sombras. Y comenzaron a pensar de manera diferente.
Y sanaron. Y, en ausencia de personas que vivían en la ignorancia, peligrosas, sin sentido y sin corazón, la tierra comenzó a sanar.
Y cuando pasó el peligro y la gente se unió de nuevo, lloraron sus pérdidas, tomaron nuevas decisiones, soñaron con nuevas imágenes y crearon nuevas formas de vivir y de sanar la tierra por completo, ya que habían sido curadas”.
Las cifras siguen con la misma tendencia: 24.926 diagnosticados; 1.378 personas muertas; 2.125 pacientes dados de alta.
Ánimo. Mañana procuraré una lectura más plácida.

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